Los reyes de Francia tenían instructores de diferentes ramos del conocimiento, unos para conducirse adecuadamente en el protocolo cortesano, los más para estar capacitados para el ejercicio del poder. En México no fue el caso de Vicente Fox, quien gracias a la democracia del número ganó la presidencia. En Veracruz, Duarte de Ochoa y Cuitláhuac García fueron la antípoda del buen servir, es eufemismo catalogarlos como gobernadores. El primero fue un invento político de Fidel Herrera, quien se soñó como el génesis de un “proyecto generacional”, con discípulos que sucesivamente serían gobernadores de esta entidad. Pero les inoculó el virus del ejercicio patrimonialista del poder y fue una generación perdida de la que solo Duarte paga con cárcel su voracidad presupuestivora. López Obrador inventó a Cuitláhuac García, lo vistió de político y, al igual que Cervantes le concedió a Sancho su Ínsula Barataria para gobernar, lo puso al frente de Veracruz (una rica porción del territorio mexicano dotado de riqueza en recursos naturales, humanos, acuíferos, culturales, históricos, gastronómicos, turísticos, mineros, etc.), con resultados desastrosos que incluso dañan al gobierno sucesor emanado de sus filas, encaja a la perfección la máxima: “lo que natura no da, Salamanca no presta”. A Juan pueblo le interesa que el aporte de sus impuestos tenga correspondencia con un buen gobierno, y esto significa buenos programas educativos, de salud, de infraestructura, de medio ambiente, seguridad pública y si no fuera mucho pedir que no roben en exceso. O como dicen que decía don Adolfo Ruiz Cortines: “construye, que algo queda”. Quizás se refería a los moches.