Carlos Villalobos
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La piratería digital no es inherentemente buena ni mala ya que es otra forma de acercarnos a la cultura, al conocimiento y al ocio. Fue un mecanismo que permitió explorar, aprender y consumir contenido antes de que existieran alternativas legales fáciles de usar y económicamente accesibles.
Hubo un tiempo en que piratear contenido en línea no era un acto de rebeldía, sino parte del aprendizaje básico frente a una computadora, para las y los jóvenes en el mundo de la década de los dosmiles. Torrentear, buscar subtítulos, instalar un reproductor alternativo o utilizar mirrors fueron pasos elementales de lo que hoy llamaríamos “cultura digital básica”. Era una mezcla de ingenio y necesidad: si querías un disco, una película o un programa, tenías que saber moverte entre foros, torrents y servidores de dudosa reputación, cruzando los dedos para encontrar lo que buscabas en tu idioma natal, o en el peor de los casos, en inglés.
Para muchos, la piratería digital fue escuela y laboratorio, en muchas ocasiones había que aprender a buscar lo que no estaba al alcance inmediato, un ejercicio de autonomía. Pero ese impulso prácticamente desapareció en las generaciones más jóvenes, no porque falte curiosidad, como muchas y muchos se aventuran a asegurar, sino porque las grandes empresas tecnológicas hicieron lo que parecía imposible, arrinconaron la piratería, monopolizando la atención con una promesa que parecía irrompible y sumamente atractiva: por un precio bajo, todo lo que quieras, en un solo lugar.
Spotify, Netflix, Amazon y compañía diseñaron un presente en el que consumir se confundió con poseer y en el que la inmediatez sustituyó al descubrimiento. Bastó con abaratar temporalmente los precios para que torrentear y compartir contenido de consumo quedara obsoleto y lamentablemente la estrategia funcionó, hasta ahora que ha dejado de hacerlo.
Los precios subieron, los catálogos se fragmentaron y lo que antes estaba a la mano ahora exige tres, cuatro o hasta cinco suscripciones. En México, el ejemplo es brutal: ver toda la Liga MX de manera legal implica pagar al menos cuatro plataformas distintas, lo que fácilmente supera los 1,500 pesos mensuales. Algo que, para millones de familias, es sencillamente inviable.
De acuerdo con MUSO, empresa de datos para la medición y supervisión de la piratería a nivel mundial, las visitas a sitios pirata en el mundo pasaron de 130 mil millones en 2020 a 216 mil millones en 2024 y el 96% de esa piratería ya no ocurre descargando torrents, sino vía streaming no autorizado. La paradoja es evidente, porque muy seguramente quienes supuestamente ya no saben “bajar” archivos, son los mismos que mantienen vivo este regreso a los mares digitales.
Hoy lo que resurge como un recordatorio incómodo es que las corporaciones confundieron abundancia con escasez artificial. En el camino, nos robaron la capacidad de entender que la red podía existir fuera de sus muros y lo que se perdió no fue solo el viejo arte de piratear, sino la curiosidad de hurgar y la autonomía para resolver por cuenta propia.
Mientras algunos levantan de nuevo la bandera negra en las aguas digitales, otros apenas descubren que existió un tiempo en el que piratear era parte del día a día. Quizá no sea un mérito ni una falta, pero sí un síntoma claro de cómo nos cambiaron, sin que lo notáramos, la forma de habitar la red.
Lo que da valor no es la posesión, sino el acceso.
Antes, la piratería nació como respuesta a la falta de opciones y a la necesidad de acceso económico no había internet rápido ni plataformas accesibles, así que el ingenio y la búsqueda eran los únicos caminos. Hoy, la situación cambió porque existen cientos de servicios de streaming, pero están fragmentados y cuestan dinero, por eso, la piratería sigue siendo un camino para quienes quieren acceso sin gastar lo que resulta inviable.
La lección es clara ya que la piratería enseñó que la cultura digital no depende solo de la tecnología, sino de la economía que la rodea.
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