Carlos Villalobos
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Hablar de gentrificación en este país no es solo hablar de barrios que cambian de cara o de rentas que se disparan. Es hablar de las tensiones profundas que atraviesan nuestras ciudades, de las fracturas que durante años se han acumulado y que hoy revientan en forma de enojo, hartazgo y protesta. En tiempos como este, cuando las calles se llenan de consignas y pancartas a veces acertadas, a veces desbordadas, es importante no perder de vista lo más difícil: el fondo.
La gentrificación, contrario a lo que muchos piensan, no es simplemente un “efecto natural” del crecimiento urbano, no confundamos. Los efectos naturales, como los huracanes o las sequías, pueden preverse, mitigarse, gestionarse. La gentrificación, en cambio, es la consecuencia directa de decisiones económicas, sociales y políticas.
Todos podemos quejarnos de la gentrificación, y con razón, pero es innegable que la alta demanda de espacios en ciudades como la CDMX, Oaxaca, Cancún o Guadalajara tiene raíces más profundas. Tal vez, en el acceso a servicios públicos que no se distribuyen con equidad en todo el país. Tal vez, también, en esa fascinación que arrastramos desde hace décadas por centralizarlo todo en unos cuantos territorios. ¿Cuántas veces no hemos tenido que migrar dentro del mismo país para acceder a salud, a cultura, a oportunidades? ¿Y cuántas veces más vamos a seguir sosteniendo una idea de desarrollo que solo cabe en unas cuantas ciudades?
En Oaxaca, este comentario cobra aún más sentido. Estamos en la antesala de la Guelaguetza, la gran fiesta étnica de Oaxaca, y sí, también del turismo. Es imposible no pensar en cómo esta temporada, tan vital para la economía local, también intensifica dinámicas de transformación urbana. Pero aquí, como en muchos de los fenómenos que tratamos desde este espacio, no hay respuestas simples. Porque entre las calles que se llenan de visitantes y las rentas que suben de precio, también hay familias que viven del comercio, del hospedaje, del movimiento. El reto no es oponerse a todo, sino preguntarnos con honestidad ¿quién se queda y quién se va cuando la ciudad cambia?
Justo ahí está otra trampa, que incluso puede llegar a ser cómoda. Pensar la gentrificación como un fenómeno que puede diagnosticarse con una lista de supermercado. Café caro, listo. Extranjeros con laptop, listo. Tiendita cerrada, listo. Esa caricaturización, además de superficial, es peligrosa, porque al reducirlo todo a una estética, dejamos de ver el sistema y cuando dejamos de ver el sistema, buscamos culpables a la vista. Culpables en diferente idioma. Culpables con otro color de piel. Culpables fáciles.
Pero lo que está en juego no es el extranjero, sino el modelo. El modelo que decide para quién es la ciudad. El modelo que convierte la vivienda en negocio. El modelo que nos exige elegir entre habitar o resistir.
Y si queremos hablar con seriedad del problema, hay que hablar también del ciudadano. Porque uno de los males más hondos de nuestra época es esa disyuntiva entre vivir o participar activamente en sociedad. Nos han enseñado a vernos como consumidores de ciudad, no como constructores de comunidad. En ese abandono, esa renuncia silenciosa a incidir en lo común, es lo que permite que lo privado se imponga a lo público, que el capital dicte las reglas y que el espacio se venda al mejor postor.
Entiendo la rabia. Entiendo el enojo. Entiendo que la protesta a veces se llene de gritos, de excesos, de símbolos que duelen. Porque perder la ciudad, y espacios que sentimos nuestros, es perder algo íntimo y hay pocas cosas más devastadoras que ver cómo el lugar que nombrabas hogar deja de reconocerte.
Pero también creo que el riesgo más grande es equivocar al enemigo. Porque si caemos en la trampa de señalar al otro por su pasaporte o su idioma, dejamos intactos a los verdaderos responsables y “peor tantito” (dijera mi paisano), alimentamos justo las narrativas que se usan en nuestra contra. Figuras como Donald Trump no necesitan razones para odiarnos, pero cada vez que el discurso de la calle se vuelve excluyente, les damos el pretexto perfecto para justificar sus muros, sus políticas, sus discursos de odio.
A riesgo de ser abucheado por la grada, creo que la gentrificación no se detiene con slogans ni con odio. Se enfrenta con política, con regulación, con comunidad. Pero sobre todo, con memoria, porque si algo debemos defender es esa capacidad de recordar lo que fuimos, lo que somos y lo que no estamos dispuestos a dejar que nos arrebaten.
Los espacios que hoy ya no reconocen, pueden ser recuperados, pero primero tenemos que aprender a vernos, a trabajar en equipo y poder nombrarnos entre nosotros.
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