Carlos Villalobos
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Vivimos en una época extraña y es que parece que hoy la regla es avanzar sin mirar atrás, acumular sin compartir, correr sin detenerse a preguntar si alguien más puede seguir el paso. La soledad hoy ya no es una opción, se ha convertido en una realidad y en una forma de vida que, de a poco, nos hemos enseñado a normalizar.
En esta espiral sin parar, en donde quién hace más cosas al mismo tiempo por sí mismo, ayudar se ha vuelto algo casi contracultural. Lo vemos en la calle, en los trabajos, incluso en las relaciones más cercanas. La indiferencia como escudo, el “no es mi problema” como bandera y sin embargo, cada tanto, aparece alguien que rompe ese molde, que recuerda que la generosidad no es un lujo, sino un acto de resistencia.
Porque ayudar, de verdad ayudar, no siempre es cómodo, porque usualmente nos han vendido que solo es dar lo que sobra, sin invertir tiempo, energía y recursos. Ayudar implica ver el potencial en alguien más cuando esa persona ni siquiera lo ve y escuchar cuando todos callan, tender una mano cuando es más fácil mirar hacia otro lado.
A lo largo de la vida me he encontrado con pocas personas que entiendan esa lógica de dar sin calcular. Una de ellas fue Ismael Sanmartín, para muchos, un referente del periodismo oaxaqueño, pero que para mí fue mucho más que eso.
En mis primeros pasos, cuando escribir “formal” era más que un ejercicio creativo, cuando habían más dudas que certezas sobre mi prosa y cuando estuve tentado a dejarlo, Ismael me dio algo que en ese momento valía más que cualquier contrato o recomendación: confianza. Me abrió las puertas del periódico Noticias cuando lo fácil habría sido ignorar a un no tan joven opinólogo. Por si fuera poco, no solo fue ese gran empujón a la publicación que dirigía, además me aconsejó, pero dejó en claro el “tú puedes”.
Recuerdo cuando tuve la oportunidad de compartir correos electrónicos y un par de cafés, de forma presencial, que yo pensé que se convertirían en interacciones formales y aburridas, pero que mutaron a ser conversaciones largas y tendidas. Siempre hubo una palabra para mejorar, una crítica constructiva, un “hazlo mejor” que no sonaba a exigencia, sino a apuesta. Algo vio en mí que, honestamente, yo aún no veía y es en parte gracias a eso que hoy sigo aquí, escribiendo estas líneas, sosteniendo este espacio que tantas veces estuvo a punto de desaparecer.
Hoy me queda claro que las personas que ayudan sin esperar nada son las que realmente dejan huella y aunque Ismael ya no esté para leer estas palabras, sé que su ejemplo sigue vivo en cada reportero que alguna vez recibió su consejo, en cada historia que se contó gracias a que él creyó en alguien.
Hoy, en este tiempo tan frío y egoísta, su legado es una lección urgente, nunca dejemos de ayudar, aunque el mundo nos diga que no vale la pena. Porque a veces, un gesto, una oportunidad o una palabra pueden sostener un sueño entero.
Gracias, querido Ismael. Por la oportunidad, por la fe y por recordarme que siempre hay tiempo para tender la mano.
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