Carlos Villalobos
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El mundo dominado por pantallas táctiles, autocompletado y teclas que nos dicen cómo se escribe “empanada” antes de que terminemos de escribir “em...”, esta a punto de cambiar, y paradójicamente esto va a pasar por el exceso de pantallas que el mundo tiene hoy en las aulas. La desconexión entre el lápiz, alumnos y aulas, ya está empezando a cobrar víctimas y en Suecia y en Estados Unidos (a pesar de Trump), ya están volteando a ver con buenos ojos el papel y bolígrafo
Y lo anterior no lo digo solo por nostalgia o postureo, lo dicen los datos.
Suecia, uno de los países que fue pionero en digitalizar sus aulas, está dando marcha atrás, esto debido a la caída en la comprensión lectora de sus estudiantes, reflejada en estudios como Progress in International Reading Literacy Study (por sus siglas PIRLS. Estudio internacional que evalúa la comprensión lectora de estudiantes de cuarto grado de primaria) y la prueba PISA, ya prendieron las alarmas. ¿Cómo es que, con tanto iPad en la mochila, los niños están leyendo y comprendiendo menos? La respuesta no está solo en la tecnología, sino en cómo la hemos convertido en muleta antes de enseñar a caminar.
Escribir a mano no es una habilidad menor y es que desde hace décadas diversas investigaciones coinciden en que usar papel y lápiz activa regiones cerebrales que no se estimulan cuando tecleamos. La escritura manual es más lenta, sí, pero esa lentitud obliga al cerebro a pensar, a priorizar, a sintetizar. Al garabatear con pluma o lápiz en papel no solo unimos ideas sueltas (o no) también procesamos, y ese procesamiento profundo es el verdadero aprendizaje.
Por otro lado, leer en papel no solo sirve para ir a tu cafetería de preferencia para fingir que entiendes lo que estás leyendo, es parte de la comprensión de nuestra realidad. A diferencia del papel y la tinta, la pantalla nos lleva a escanear en lugar de leer, a consumir sin masticar, ese acto tan capitalista y propio de esta realidad hiperconectada, el consumo por el consumo. Siento ser quien de las malas noticias, pero también está comprobado, que leer en dispositivos, no se equipara con leer en físico. No lo digo yo, lo dicen neurólogos, pedagogos y sí, aunque a veces no los escuchemos, los propios estudiantes, que en muchos países han empezado a pedir volver a los libros físicos porque, según ellos mismos, entienden mejor.
Pero como esto sigue siendo Pongamos Todo en Perspectiva, esto no significa satanizar la tecnología. No se trata de volver a escribir con pluma fuente o eliminar las pantallas por decreto y a plumazos, ya que esto sería tan torpe como confiarle toda la educación a un algoritmo. La clave, como en la vida, está en el equilibrio mismo. Otro punto en este tipo de conversaciones es que el problema no son los dispositivos (aunque incluso muchos consideran que “esta generación es de niños iPad”), sino cómo y cuándo lo usamos. Las y los estudiantes pueden beneficiarse de recursos digitales, claro. Pero niñas y niños que apenas están aprendiendo a leer y escribir necesitan primero desarrollar habilidades cognitivas básicas, motoras finas, capacidad de concentración, cosas que no se activan al deslizar el dedo o al entregar a los algoritmos su formación..
Entonces, ¿por qué insistimos en poner tablets en las manos de niños de seis años? ¿Por qué educamos con prisa? Tal vez porque la tecnología nos vendió una promesa de eficiencia que confundimos con eficacia. Aprender no es más rápido por tener acceso a más herramientas. A veces, menos es más. A veces, lo más lento es lo que deja huella.
Hoy leer en papel y escribir a mano puede parecer una revolución silenciosa, pero necesaria. Porque si todo lo que hacemos pasa por un teclado que nos corrige, por una pantalla que nos distrae o por un software que decide qué es importante, ¿dónde queda el pensamiento crítico? ¿Dónde queda la reflexión?
¿Dónde quedamos nosotros?
Volver al papel, al trazo imperfecto, a la lectura pausada no es un retroceso, es quizás, el único camino hacia adelante que todavía podemos escribir con nuestra propia letra.
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