10 de Marzo de 2026
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DESDE CATALUÑA - Amadeo Palliser Cifuentes
La mítica Eris complica la difícil convivencia
2025-08-14 - 20:53

 


 


Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona 


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Eris (hija de Nyx), en la mitología griega, era la diosa de la discordia, la disputa, la pelea, los celos y la envidia. Y por nuestra propia experiencia, vemos que sigue muy presente en todos colectivos, mal que nos pese, como intento explicar a continuación.


 


Según Hesíodo (s. VIII – VII a.C.), en su Teogonía, Eris dio a luz a muchos hijos, que representaban todo lo oscuro y dañino que podía surgir de la discordia y el conflicto:


 


‘Por su parte la maldita Eris parió a la dolorosa Fatiga, al Olvido, al Hambre y los Dolores que causan llanto, a los Combates, Guerras, Matanzas, Masacres, Odios, Mentiras, Discursos, Ambigüedades, y al Juramento, el que más dolores proporciona a los hombres de la tierra siempre que alguno perjura voluntariamente’.


 


(Hesíodo, Teogonía 225-230)


 


En toda la mitología griega, Eris es representada como una figura mezquina y problemática. Muchos de sus compañeros dioses y diosas la evitan. El único dios que la tolera es su hermano Ares, que a menudo va a la batalla con ella y se alegra de los horrores de la guerra. En la Ilíada, Homero menciona que a menudo recorre la tierra, sembrando el odio contra los ejércitos troyanos y griegos.


 


(…)


 


El mito más famoso que involucra a Eris es el Juicio de Paris, que es el inicio de la Guerra de Troya. El relato comienza con la boda de Peleo, el héroe griego y rey d Partia, y Tetis, una ninfa del mar, en el monte Pelión. Entre los invitados a la boda se encontraban los olímpicos, que regalaron a la pareja una armadura de oro y los caballos inmortales Balio y Janto. Una ausencia notable fue la de Eris, que, enfadada por haber sido excluida, decidió provocar un conflicto entre los olímpicos.


 


Mientras Atenea, Hera y Afrodita charlaban tomadas del brazo, Eris hizo rodar su manzana de la discordia hacia sus pies. La manzana llevaba las palabras ‘a la más bella’. Sin saber a quién iba dirigida la manzana, las tres diosas la reclamaron y empezaron a hacer una escena (…)’


 


(https://share.google/YjiQgwlWQ6dwpWOXZ)


 


En muchas culturas, la manzana ha sido tomada como un símbolo del amor, belleza y sabiduría, si bien, es un símbolo marcado, asimismo, por el Génesis, por lo que queda asociada a la tentación y a la caída, a la inocencia, el conocimiento y la inmortalidad, respecto a la muerte, la sexualidad y la decadencia.


 


Centrándonos en la convivencia en nuestros diferentes colectivos, es fácil destacar que siempre encontramos la mencionada ‘manzana de la discordia’ de Eris, si bien con el mensaje ‘al mejor, al único’; y, como las tres diosas (Atenea, Hera y Afrodita) nos olvidamos de los valores positivos de la convivencia, pues nuestra arrogancia nos hace creer que esa manzana es para nosotros, y potenciamos los aspectos negativos de nuestro ego: envidia, avaricia, etc.; y destruimos la convivencia.


 


Y así, olvidamos que la ‘ética de la convivencia se refiere a los principios y valores que guían la interacción armoniosa y respetuosa entre individuos y sociedades, con énfasis en la empatía, el respeto mutuo y la responsabilidad, fomenta ambientes donde se valora la diversidad y se resuelven conflictos de manera constructiva’.


 


‘Los principios fundamentales de la ética de la convivencia son:


 


el respeto: valorar y aceptar las diferencias individuales;


 


la responsabilidad: cumplir con deberes y obligaciones con integridad;


 


la solidaridad: apoyar a otros en situaciones de necesidad.


 


Y practicar la ética de la convivencia implica adoptar ciertos hábitos que promuevan la armonía y la cooperación, según las siguientes prácticas:


 


escuchar activamente a los demás, reconociendo diferentes perspectivas;


 


comunicarse de manera clara y honesta, evitando los malentendidos;


 


resolver conflictos a través del diálogo y la mediación.


 


(fuente: https://share.google/xLiAmxctnPk1MKv01)


 


Evidentemente, en todos los colectivos, es positivo que haya polarización, confrontación de ideas, frente a la absurda y artificial uniformidad propia de las dictaduras. Pero lo grave es que esa confrontación de ideas lleve a la polarización social, a la división en extremos, imposibles de conciliar.


 


Y en nuestro colectivo independentista catalán hemos visto, con frecuencia, que esas posiciones irreconciliables, han comportado y comportan negativos resultados, que alejan y hacen olvidar el verdadero objetivo, que nos debería unir, es decir: la independencia de nuestro país.


 


Pero, claro, los personalismos polarizados de determinados pseudolíderes provocan la identificación de sus seguidores. Y así nos va, pues quedan rotos los puentes de diálogo y de negociación razonada.


 


Antoni Gelonch, en su artículo titulado ‘Identitats qualificades’, empieza comentando:


 


‘Es una costumbre que viene de lejos, y que las redes sociales no han hecho más que ayudar a multiplicar exponencialmente su impacto, el interés de muchos ciudadanos por poner etiquetas a todo lo que se mueve. Y hacerlo desde la posición moral de quien se cree superior para establecer rankings respecto al grado de adhesión o pertenencia a determinadas situaciones, aficiones o posicionamientos (…)’


 


(elnacional.cat, de hoy, 14 de agosto)


    


Gelonch, en ese artículo, se centra en la identidad, en las identidades, consideradas, según los intereses, como ‘buenas’ y ‘malas’.


 


La identidad, etimológicamente, deriva del término latino ‘identitas’ (lo mismo), y se refiere a los rasgos y excepciones de un grupo respecto del resto de sus semejantes.


 


Ahora bien, generalmente, la convivencia no se deteriora por la pérdida o confrontación de identidades, en sí mismas; si no que son aspectos ‘menores’ como reflejó genialmente el grupo de humoristas Monty Python, en su espléndida película ‘La vida de Brian, 1979), con la disputa entre El Frente Judaico Popular y el Frente Popular de Judea.


 


Y así, llevando la situación a puntos extremos, esperpénticos y grotescos, vemos que, finalmente, los elementos de discordia, de división, de diferenciación y separación, son meros aspectos estratégicos, o, todavía menores, tácticos.


 


E incluso, en muchos casos, esos elementos menores, se potencian por los personalismos (dominados por los respectivos hybris, el orgullo de cada cual, de cada hijo de vecino), que, en definitiva, se convierten en motores de la polarización social, la división fractal a gran escala.


 


Volviendo a la mitológica diosa Eris, en 1957 Gregory Hill (Malaclypse el Joven) y Ferry Wendell Thornyey (Omar Khayyam Ravenhurts) crearon una religión satírica, el ‘discordianismo’, dedicada a esa diosa; y considera que todo lo que existe es el caos (entendido como positivo), y que tanto el orden y el desorden son ilusiones. Así, mientras la mayoría de las religiones prefieren la armonía y el orden, esa religión prefiere el caos.


 


Sea lo que sea, la realidad es que, en la mayor parte de grupos sociales, o en todos, predomina el caos, si bien, con la apariencia ‘inestable de la estabilidad’. Un buen ejemplo lo tenemos en nuestro pequeño colectivo de Meridiana Resisteix, que, como muchos otros colectivos, estamos pasando por un momento crítico; y, en momentos así, florecen todo tipo de problemas, nos ‘crecen los enanos’ (expresión políticamente incorrecta, claro)


 


Pero ha de haber una solución, y confío que la habrá, pues, más pronto que tarde, espero que los independentistas tengamos un nuevo ‘momento estelar’, como los consideraba Stefan Zweig (tal como expuse en mi escrito de ayer), y nosotros deberemos asumir que nuestro papel se reduce al de producir ‘inútiles millones de horas universales’ previas y necesarias para que se produzca un ‘momento estelar’.


 


En definitiva, que debemos asumir que sobran, que nos sobran, personalismos, incluso y de forma especial, el nuestro propio; pues nuestras ideas son tan vulgares y simples como las mencionadas de Monty Python.


 


Sólo así, podremos garantizar nuestra continuidad, pues, volviendo a Zweig, nuestros pequeños actos son eslabones, pero, eslabón tras eslabón, conformamos la inmensa cadena de la historia, que únicamente con perspectiva, permitirá valorarlos como es debido y preciso.


 


amadeopalliser@gmail.com


 


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