Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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Hace unos días me regalaron el libro ‘Moments estel.lars de la humanitat’, (editorial Quaderns Crema, Barcelona, octava edición, de 2023), de Stefan Zweig (1881 – 1942). De este autor había leído varias de sus obras, pues es un autor que siempre me ha parecido muy interesante, pero ésta no la había leído. Y ayer, al leer el prólogo y el primer capítulo (dedicado a Marcus Tullius Cicero, 106 a.C. – 43 a.C., en total, el autor analiza 14 sucesos relevantes), me pareció que esa obra, escrita en 1927, sigue teniendo una gran validez para interpretar nuestra actualidad y, también, por ejemplo, el ‘procés’ independentista catalán, y darle el valor relativo en cuestión, por lo que me parece pedagógico compartir algunos de los fragmentos leídos:
‘Prólogo
Ningún artista es ininterrumpidamente artista las veinticuatro horas del día. Todas las obras esenciales y duraderas las consigue en los pocos y extraordinarios momentos de inspiración. De la misma manera, la historia, que admiramos como la mayor poeta y actriz de todos los tiempos, tampoco crea constantemente. En este ‘misterioso taller de Dios’, como Goethe denominó respetuosamente a la historia, gran parte de lo que sucede también es irrelevante y cuotidiano. Aquí también, como en todos los ámbitos del arte y de la vida, los momentos sublimes e inolvidables son poco frecuentes. La mayoría de veces la historia, como una cronista, se limita a enlazar, indiferente y tenaz, eslabón tras eslabón, un hecho tras otro, hasta formar esta inmensa cadena que se entiende a lo largo de miles de años, porque todo cambio requiere un tiempo de preparación y cualquier suceso auténtico, un proceso. Se necesitan los millones de personas de un pueblo para que nazca un solo genio, han de pasar millones de inútiles horas universales antes de que se produzca un momento verdaderamente histórico, un momento estelar de la humanidad.
Pero cuando en el arte nace un genio, perdura a lo largo del tiempo; cuando sucede uno de estos momentos universales, resulta decisivo durante siglos y siglos. Así como la electricidad de toda la atmósfera se acumula en la punta del pararrayos, en estos instantes y en un brevísimo espacio de tiempo, se concentra una enorme cantidad de sucesos. Los hechos que normalmente se suceden los unos a otros con lentitud, ahora se comprimen en este único instante que todo lo determina y todo lo decide. Un único sí, un único no, no demasiado pronto o demasiado tarde hacen que este momento sea irrevocable para centenares de generaciones y determinan la vida de un solo individuo, de un pueblo entero e incluso el destino de toda la humanidad.
Estos momentos fatídicos, de una gran carga dramática, en los cuales una decisión perdurará por siempre se concentra en una sola fecha, en una única hora y a menudo en solo un minuto, son raros tanto en la vida de un individuo como en el curso de la historia (…)’
‘Cicerón – 15 de marzo de 44 a.C.
Lo más prudente que puede hacer un hombre listo y no demasiado valiente cuando topa con uno de más fuerte que él es esquivarlo y, sin avergonzarse, esperar un cambio, hasta que el camino vuelva a quedar libre.
(tras el asesinato de Gai Iulius Caesar, 15 de marzo del 44 a.C., la fecha que toma Zweig para su análisis, el autor comenta)
‘Él (Cicerón) no deseaba este acto de traición, quizás no tan solo lo deseó en sus sueños más íntimos. Bruto y Cassio (algunos de sus discípulos) no le han explicado la conspiración, todo y que Bruto, mientras arranca el puñal ensangrentado del pecho de César, ha gritado el nombre de Cicerón, y de esta manera ha puesto como testimonio del crimen al maestro de la idea republicana. Pero ahora que el crimen está consumado de forma irrevocable, como mínimo es preciso aprovecharlo a favor de la república. Cicerón se da cuenta que el camino hacia la antigua libertad romana pasa por encima de este cadáver imperial, y que tiene el deber de enseñar a los otros este camino. No se puede dejar pasar un momento único como este. Este mismo día, Cicerón deja los libros, los escritos y el sagrado otium del artista, la contemplación. Con el corazón latiéndole fuerte, corre hacia Roma para salvar la república, la verdadera herencia de César, tanto de sus asesinos como de sus vengadores.
En Roma, Cicerón encuentra una ciudad confusa, perpleja y desorientada. Desde el mismo momento en que se ha producido el asesinato de Julio César ha resultado ser más grande que sus autores. El grupo heterogéneo de los conspiradores no ha sabido hacer más que asesinar, eliminar este hombre superior a todos ellos. Pero ahora que toca sacar provecho de esta acción, se encuentran desamparados y sin saber qué hacer. Los senadores dudan de si han de aprobar o han de condenar el asesinato. El pueblo, que desde hace tiempo está acostumbrado a una manipulación brutal, no se atreve a opinar. Antonio y los otros amigos de César tienen miedo de los conspiradores y temen por su vida. Los conspiradores, por su parte, tienen miedo de los amigos de César y de su venganza.
En medio de la confusión general, Cicerón es el único que demuestra determinación. En otras ocasiones vacilante y temeroso, como todos los hombres de espíritu y nervio, ahora, sin pensarlo, responde al crimen en el que no ha participado. Con la cabeza alta, pisa las baldosas todavía húmedas por la sangre del hombre asesinado y, delante del senado reunido, exalta la supresión del dictador como una victoria de la idea republicana. ‘Oh, pueblo mío, has recuperado la libertad’, exclama. ‘Vosotros, Bruto y Cassio, habéis cumplido mesta gran gesta, no sólo por Roma, sino por el mundo entero’. Pero, a la vez exige que a este acto en sí mismo ya tan terrible, se le de el sentido más elevado. Los conspiradores han de hacer suyo energéticamente el poder, que ha quedado desierto después de la muerte de César, y utilizarlo, sin perder tiempo, para salvar la república y para restablecer la vieja constitución romana. Antonio se ha de encargar del consulado, y a Bruto y Cassio se les ha de transmitir el poder ejecutivo. Por primera vez, este hombre de leyes ha de infringir, por un breve instante en la historia universal, la rígida ley, y ha de imponer para siempre más, la dictadura de la libertad.
Pero en este momento se hace evidente la debilidad de los conspiradores. Solo han sido capaces de urdir una conspiración, de cometer un asesinato. Sólo han tenido fuerza para hundir el puñal cinco pulgadas dentro del cuerpo de un hombre indefenso y con esto ha acabado la determinación. En lugar de quedarse con el poder y utilizarlo para restablecer la república, se esfuerzan para conseguir una amnistía barata y negocian con Antonio. Permiten que los amigos de César se reúnan y de esta manera pierden un tiempo muy valioso. Cicerón, con su clarividencia, intuye el peligro. Se da cuenta que Antonio prepara un contragolpe que liquidará no solo a los conspiradores, sino también las ideas republicanas. Advierte, exalta, se agita y hace discursos para obligar a los conspiradores, para obligar al pueblo a actuar con decisión. Pero -error histórico- él mismo no lo hace. Tiene todos los recursos en sus manos. El senado está dispuesto a apoyarlo y, en el fondo, el pueblo solo espera que alguien tome con coraje y decisión las riendas que se han escapado de las fuertes manos de César. Nadie se opondría, todos respirarían aligerados si ahora Cicerón hiciese su gobierno y pusiese orden en el caos.
Este momento histórico, este momento universal que Cicerón esperaba fervientemente desde sus catilinarias, ha llegado por fin con este idus de marzo. Y si hubiese sabido aprovecharlo, la historia que todos nosotros hemos aprendido en la escuela habría sido bien diferente. El nombre de Cicerón no habría pasado a los anales de Livio y de Plutarco como el de un simple escritor notable, sino como el del salvador de la república, como el del verdadero genio de la libertad romana. Suya sería la gloria inmortal de haber tenio en sus manos el poder de un dictador y de haberlo vuelto voluntariamente al pueblo.
Pero en la historia se repite continuamente la tragedia del hombre de espíritu que, aturdido por la responsabilidad interior, en el momento decisivo raras veces se convierte en un hombre de acción. Una vez más se renueva la misma escisión en el hombre de espíritu, en el hombre creativo: como que se da cuenta de ls estupideces de su época, se ve obligado a intervenir, y en un momento de entusiasmo se lanza apasionadamente a la lucha política, pero al mismo tiempo vacila a responder a la violencia con más violencia. Su conciencia recula delante de la idea de sembrar terror y verter sangre, y estas dudas y consideraciones, precisamente en el único momento que no solo permite la falta de escrúpulos sino que incluso lo exige, paralizan sus fuerzas. Después del primer brote de entusiasmo, Cicerón contempla la situación con una clarividencia peligrosa. Observa a los conspiradores, que justo ayer elogiaba como héroes, y se da cuenta que no son más que hombres débiles que huyen de las sombras de su crimen. Observa al pueblo y se da cuenta que ya hace tiempo que no es el viejo populus romanus, aquel pueblo heroico que él había soñado, sino una plebe degenerada que solo piensa en sus intereses y en la diversión, en comer y en el juego, panem et circenses, que un día aclamó a Bruto y Cassio, los asesinos, el siguiente Antonio, que grita venganza contra ellos, y el tercer Dolabela, que hace destruir todos los retratos de César. Se da cuenta que, en esta ciudad decadente, nadie ya no sirve de manera honrada la idea de la libertad. Todos quieren el poder o su bienestar. Ha estado en vano deshacerse de César, porque todos luchan solo por su herencia, por sus dineros, por sus legiones, solo aspiran a su poder. Solo buscan el provecho y los beneficios para ellos mismos, no por la única causa sagrada, la causa de Roma.
En estas dos semanas, después del entusiasmo precipitado, Cicerón está cada vez más cansado y se vuelve más escéptico. Nadie, a parte de él, no se preocupa de restablecer la república. El sentimiento nacional se ha esfumado y el interés por la libertad se ha perdido completamente. Al final siente repugnancia por este turbio ruido. Ya no se puede engañar respecto a la impotencia de sus palabras. En vista del fracaso, ha de aceptar que su papel conciliador se ha acabado, que ha sido demasiado débil o demasiado cobarde para salvar a su patria de la amenaza de la guerra civil. Así, la abandona a su destino. A principios de abril se va de Roma, para volver -de nuevo decepcionado, de nuevo vencido- a sus libros, a la villa solitaria de Pozzuoli, en el golfo de Nápoles.
Por segunda vez, Cicerón se aísla del mundo y se refugia en la soledad. Se da cuenta definitivamente que, en una esfera en la que el poder equivale a justicia y en el que se fomenta más la falta de escrúpulos que la sabiduría y el espíritu conciliador, él, como sabio, como humanista, como defensor de la justicia, desde el principio ha estado en un lugar que no le correspondía. Ha debido de constatar conmocionado que, en esta época estelar, la república ideal que había soñado para su patria, el resurgimiento de las viejas costumbres romanas, ya no es posible. Pero, como él mismo no ha podido cumplir la gesta salvadora en la realidad, esta materia rebelde, al menos quiere salvar su sueño para una posterioridad más sabia. Los esfuerzos y los conocimientos de sesenta años de vida no se pueden perder completamente sin tener ningún efecto. Así, este hombre humillado recuerda cual es su verdadera fuerza y en estos días solitarios escribe la última obra, la más importante, como legado para otras generaciones, ‘De officiis’, la enseñanza de los deberes que el hombre independiente, el hombre moral, ha de cumplir acerca de él mismo y del estado (…)’
Me parece que la lectura de estos textos será sumamente interesante, pues se pueden extraer muchas conclusiones sobre la debilidad humana, a pesar de las lógicas disimilitudes con nuestra cotidianidad, pero, como el texto ya es suficientemente largo y claro, concluyo este escrito, sin enrollarme más.
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