Pero la iniciativa incluye también modificaciones en la arquitectura representativa a nivel estadual, desde poner limites al numero de ediles hasta reducir el numero de diputados locales. De inmediato se levantan criticas contra la propuesta presidencial aduciendo el daño a la autonomía de las entidades federativas, en teoría les asiste la razón, lamentablemente en los hechos es difícil sostenerlo porque en realidad los gobiernos de las entidades federativas no son genuinamente autónomos, porque cada gobernador se atiene al mandato de su partido, y más aún si ese partido está gobernando, porque entonces la consonancia con el gobierno federal es de absoluta supeditación. ¿Quién pudiera negarlo? Se aclara: no que la iniciativa en cuestión se corresponda con los términos de un sistema federalista, porque en este caso el tufo centralista es evidente, solo se apunta una realidad que en México hemos hecho costumbre: la supremacía del Poder Ejecutivo sobre el Legislativo y el Judicial, el primero abdicó hace mucho de su condición de contrapeso, el segundo la perdió después de la elección del acordeón. En suma, la iniciativa en comento es un severo golpe a la evolución democrática de México, representa un retroceso de lo que con mucho esfuerzo se había alcanzado. Sin embargo, la democracia es la fuerza del número, siempre gana la mayoría sin importar la calidad de sus componentes. Pero la democracia permite al ciudadano participar, votar, debatir, decidir, para bien o para mal el destino colectivo. Cuesta madurar como ciudadano y en ocasiones no se elige al mejor, pero la democracia da oportunidad de corregir.