Francisco Cabral Bravo
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La famosa declaración de André Bretón sobre México como "el país más surrealista del mundo" y el comentario atribuido a Salvador Dalí de que "no soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas", no fueron menos elogios pasajeros, sino constataciones fundamentales de este concepto de nacional-surrealismo que he tratado ya en ocasiones anteriores de dilucidar.
Estos juicios, de Bretón y de Dalí, se basaron en la experiencia directa de una realidad donde los principios surrealistas no eran una escuela artística importada, sino la expresión natural de una idiosincrasia cultural. Es una fuerza estética que brota del propio suelo nacional, encontrando en las estrategias realistas un lenguaje afín para expresar su propia condición desgarrada, híbrida y onírica.
El término nacional surrealismo, que aquí se propone, no busca erigirse como una categoría dogmática o un movimiento histórico delimitado con precisión cronológica. Más bien, aspira ser una herramienta hermenéutica, un concepto lente para cartografiar una corriente profunda y distintiva en el arte y la cultura mexicana.
Este ensayo explora la validez de esta nación, entermeciéndola como la articulación única y orgánica entre los postulados desarraigadores del surrealismo europeo y el sustrato mítico, simbólico y violentamente real de lo mexicano.
México no necesitaba que André Bretón, en su visita de 1938, declarar a México "el país surrealista por excelencia" para serlo. La afirmación aunque célebre, era un reconocimiento externo a una realidad interna ya fermentada. El nacional-surrealismo hunde sus raíces en un sustrato cultural que es, en sí mismo, una experiencia surreal inconsciente.
La violenta y creativa fusión entre el mundo indígena (con sus cosmogonías cíclicas, su vestuario sagrado y su concepción del tiempo onírico) y la imaginería católica barroca (exuberante, dramática, poblada de santos y martirios) genera un universo simbólico donde lo natural y lo sobrenatural coexisten sin fricción.
La Virgen de Guadalupe es el ejemplo de nuestro sincretismo: aparición maravillosa, signo político, icono religioso. El icono sincrético por excelencia. Esta imagen es la encarnación perfecta del surrealismo nacional. Para los españoles, era la Virgen María: para los indígenas, una aparición de la diosa Tonantzin.
En otro contexto, este 4 de marzo, el Partido Revolucionario Institucional cumple 97 años de haber sido fundado en 1929, cuando bajo el nombre de Partido Nacional Revolucionario, comenzó la historia del partido que dominaría la vida pública de México durante siete décadas.
Fue el 4 de marzo de 1929 cuando Plutarco Elías Calles impulsó la creación de una maquinaria política destinada a dar estabilidad al país revolucionario. Lo que nació como instrumento de cohesión terminó convertido en sinónimo de poder y, con el tiempo, de excesos.
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