Carlos Villalobos
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En política, hay algo mucho peor que tener enemigos de frente y eso es tener aliados que se comportan como oposición justo cuando el guion exige definiciones. Pongamos la mirada en lo que pasó estos días con la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum. En teoría lo que buscan es disminuir el financiamiento, plurinominales, delineando nuevas reglas de juego. Lo curioso es que antes de que el primer panista o priista levantara la mano para quejarse, el golpe vino de casa, o de la que en papel representaría esta.
El Partido del Trabajo fue seco, tajante "No vamos", 49 diputados que dicen que "no hay marcha atrás" porque, según ellos, esto huele a retroceso, por ello detengámonos un momento.
En un Congreso donde cada voto para una reforma constitucional se cuenta como si fuera oxígeno, que alguien de casa se rebele por pura ambición, proyecta que la maquinaria que se veía invencible, se está empezando a desajustar. Por supuesto, la presidenta ha intentado enfriar el cuarto. Evidentemente tuvo que atenuar argumentando "puntos de vista distintos" y tiene razón, al menos en el manual de la diplomacia, algo que deberían aprender los correligionarios de Alberto Anaya, ningún gobierno va a salir a gritar "traición" en la primera crisis de su coalición.
Cuando el partido que más ha comido de esa alianza decide patear el tablero de una reforma presidencial, el efecto es inevitable, la unidad se quiebra y es la oportunidad que la oposición llevaba meses tratando de tomar.
Pero aquí viene lo interesante, el PT jura y perjura que no está peleando por un puesto o por más presupuesto, sino que están cuestionando la lógica misma de la reforma, pero a la primera de cambio, a todas luces están tratando de continuar sacando ventaja a los puestos y cotos de poder que tienen.
La política mexicana tiene esa vieja tradición de aliados que acompañan mientras el árbol da buena sombra, pero que empiezan a marcar distancia cuando el sol se mueve. El PT sabe que su vida depende de las alianzas, pero también sabe que el mapa del 2027 se está dibujando hoy. Marcar distancia ahora es una forma de decir "aquí sigo y me tienes que tomar en cuenta o si no, la reforma y futuras colaboraciones, no van".
El problema es que estos juegos tácticos tienen costos estratégicos, cada vez que la coalición muestra una fisura en público, el proyecto pierde fuerza para imponer la agenda.
Al final, que la reforma se apruebe o no, termina siendo lo de menos, lo que está sobre la mesa es algo mucho más delicado la percepción de que el bloque que gobierna el país ya no camina al mismo paso.
¿Quiénes siguen realmente en el barco... y quiénes ya empezaron a calcular cuánto tiempo les queda antes de saltar? ¿Será que la lealtad que tanto juraron los autoproclamados “100% obradoristas” tiene fecha de caducidad?
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