Jesús Castañeda Nevárez
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El Ejército Mexicano no es una empresa constructora, ni una aerolínea, ni un banco. Es una institución armada cuya misión constitucional es clara, precisa y sagrada: defender la integridad, la independencia y la soberanía de la Nación; garantizar la seguridad interior cuando las autoridades civiles lo requieran; y auxiliar a la población en casos de desastre a través del Plan DN-III-E.
Esas son sus tareas normales, naturales y objetivas. Todo lo demás es adición política.
Durante el gobierno de la Cuarta Transformación, sin embargo, se le encomendaron funciones ajenas a su formación y doctrina: construir y operar el Aeropuerto Felipe Ángeles, edificar el Tren Maya, levantar la refinería de Dos Bocas, levantar miles de sucursales del Banco del Bienestar y hasta administrar la nueva Mexicana de Aviación.
Proyectos de enorme visibilidad política, pero cuyo desempeño ha quedado bajo serio cuestionamiento: sobrecostos millonarios documentados por la Auditoría Superior de la Federación, retrasos, impactos ambientales graves, baja ocupación en el AIFA y pérdidas operativas en la aerolínea militar. El Ejército cumplió las órdenes con disciplina castrense, pero nadie puede negar que esas no eran sus tareas naturales. Y el costo de oportunidad fue alto: recursos, tiempo y preparación que se desviaron de su vocación primordial.
Por eso, el operativo del pasado domingo en Tapalpa, Jalisco, tiene un significado que va más allá de la noticia. El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación y uno de los criminales más buscados por Estados Unidos y por México, fue una operación militar profesional, de inteligencia y de fuerza letal cuando fue necesario.
Enfrentamientos, bajas propias, pero también un golpe histórico al corazón del cártel más violento y mejor armado del país.
Ese es el Ejército que México reconoce y necesita: el que enfrenta al crimen organizado de alta peligrosidad, el que arriesga la vida en las sierras y no en despachos de obra pública.
Y en medio de ese éxito llegó un momento que pocos esperábamos y que nadie olvidará. El lunes, en la Mañanera, el general secretario de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla Trejo, un hombre de hierro, de voz firme y gesto imperturbable, se quebró.
Al dar el pésame a las familias de los soldados caídos en el operativo, la voz se le entrecortó. Calló un segundo. Tragó saliva. Y continuó. Fue un instante de humanidad pura en el uniforme más estricto de la República.
No fue debilidad. Fue la voz de un jefe militar que sabe exactamente cuánto cuesta cada victoria. Fue el reconocimiento público de que detrás de cada “misión cumplida” hay viudas, huérfanos y padres que ya no volverán a abrazar a sus hijos.
Señora Presidenta, señores Legisladores: el Ejército ya demostró que puede construir aeropuertos, trenes y sucursales. Pero su grandeza no está ahí. Su grandeza está en Tapalpa, en las montañas de Michoacán, en los operativos donde se juega la vida por la seguridad de todos.
Que este golpe histórico contra “El Mencho” sirva para recordarles a todos: el Ejército Mexicano rinde mejor cuando se le deja ser lo que siempre ha sido: el brazo armado de la soberanía nacional y el escudo de los mexicanos de bien.
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