Salvador Muñoz
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Se suspenden partidos por la ola de violencia tras la detención del Mencho, pero el amistoso de la Selección Mexicana contra Islandia se juega. ¿Incongruencia? No. Es doctrina. En este país el futbol no se cancela: se prioriza. Porque una cosa es la realidad y otra el negocio; y cuando chocan, la realidad se va a la banca con tarjeta amarilla… o las regaderas con roja directa, según convenga.
A cuatro meses del Mundial de Futbol 2026, la pregunta flota como balón dividido: ¿hay condiciones para que México albergue partidos? El VAR social revisa la jugada y marca dudas, pero el árbitro –ese que siempre juega de local– deja correr la jugada. “Sigan, sigan”, grita, mientras al país le entran con los tacos por delante y el nazareno hace como que no vio nada.
No es la primera vez que jugamos con el estadio incendiado (metafóricamente… a veces no tanto). En 1970, veníamos de Tlatelolco; el país estaba en shock, la memoria sangrando, y aun así el Mundial se realizó con éxito.
En 1986, el temblor del 85 dejó grietas en la ciudad y en el ánimo; hubo incertidumbre, sí, pero también hubo Mundial. Aquí el balón siempre rueda, aunque el marcador social vaya perdiendo por goleada.
Hoy, el contexto llega con menos tiempo en el reloj y más ruido en la grada. Se suspenden juegos de la Liga de Expansión –Tapatío vs Tlaxcala, por ejemplo–, pero el Tri sale a la cancha. ¿Por qué? Porque el partido grande no se toca. Porque reconocer riesgo sería admitir fuera de lugar estructural. Y eso sí no entra en el marcador.
El futbol, ya lo sabemos, es turismo, ganancias, ocupación hotelera, derechos de transmisión y selfies con filtro patriótico. Es movimiento de capitales y atolización en cadena nacional. Mientras haya transmisión en HD y el himno suene bonito, el país entra en tiempo añadido. El VAR social protesta, la banca se levanta, pero el silbante mira al palco y deja correr.
¿Que hay violencia? “Hechos aislados”. ¿Que hay miedo? “Percepción”. ¿Que hay incertidumbre? “Narrativa”. Todo se resuelve con una conferencia y una sonrisa ensayada. Tarjeta amarilla a la realidad; tarjeta verde al negocio. Y si alguien reclama, falta táctica: entrada por detrás y a seguir jugando.
Nos puede ir de la patada en la cancha y peor en la calle, pero el Mundial no se cuestiona: se impone. No pregunta si hay condiciones; asume que se fabrican. Y si no, se maquillan. Porque aquí, el futbol no cura, tapa. No soluciona, distrae. Y eso, para muchos, alcanza.
Así que sí: habrá partidos y lo más seguro es que haya fiesta. El país seguirá marcando fuera de lugar, el VAR social seguirá pidiendo revisión y la autoridad seguirá diciendo “sigan, sigan”. Porque cuando el balón es de atole, la realidad juega en desventaja… y casi siempre pierde y por goleada!
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