
Luis Ramírez Baqueiro
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“Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad”. – Confucio.
Ah, los héroes del sábado 15 de noviembre. Los próceres de la democracia tuitera que, presuntamente convocados por la Generación Z, decidieron abandonar por unas horas su trinchera favorita —el sillón, el WiFi y la indignación digital— para tomar la calle. Y digo “presuntamente” porque la espontaneidad de la marcha huele tanto a genuina como los estados de cuenta de cierto magnate que ni mexicano debería sentirse, considerando la alergia crónica que padece hacia el pago de impuestos. Sí, hablamos de Ricardo Salinas Pliego, ese patriota de tiempo completo cuando hay cámaras, pero prófugo de Hacienda cuando tocan cuentas.
Pero claro, la narrativa es que “la juventud despertó”. Ajá. La juventud… financiada, amplificada y coreografiada por los mismos de siempre: la derecha y la ultraderecha que aún no superan el golpe electoral que el pueblo de México les recetó en las urnas. Ya pasó un buen rato, pero ahí siguen, dolidos, resentidos, lamiéndose las heridas y autoproclamándose inmaculados guardianes de la república… desde sus cuentas de Facebook y X.
Porque estos “buenos mexicanos”, ejemplo mundial de congruencia, son los que denuncian con rabia la donación de gasolina a Cuba, pero no ven problema en colgarse de un diablito para ahorrarse la luz. Los mismos que tachan de parásitos a los beneficiarios de programas sociales, pero bien que hacen fila para cobrar la pensión del bienestar “porque ya trabajaron mucho”, aunque conduzcan una Suburban o un carro alemán del año. Los mismos que hablan del “México productivo” mientras pagan huachicol como quien compra aguacates en la esquina. Todo sea por ahorrarse unos pesitos, faltaba más.
Entre ellos, infiltrados, también marchan las voces críticas del periodismo independiente, esos que hoy se erigen en adalides del movimiento, en voceros de la única verdad absoluta –su verdad- la que construyeron y aprovecharon cuando por carretadas les pagaban para crear y generar una narrativa a favor de personajes siniestros, funestos, que hoy están ya en la historia del olvido, pero marchan ahí a la sombra, al amparo de la masa, porque lo valiente que muestran solo se construye arropados, en masa, como hordas que se lanzan a la carroña y al acecho.
Y entonces marchan. Marchan para defender “la libertad”, “el futuro”, “la democracia”. Pero en realidad marchan para verse entre ellos, para confirmar que no están solos en su nostalgia por un país que solo existió en su cabeza. Marchan para desahogar su frustración, para gritar lo que en casa no los dejan, para sentirse relevantes aunque sea por un día.
Lo ocurrido este fin de semana no fue una demostración de fuerza: fue un espectáculo. Un performance involuntario que dejó clara la existencia de un segmento poblacional cuya negatividad es tan corrosiva que los aísla del resto del país como si fueran un tumor social. Se exhiben sin pudor, mostrando lo peor de sí mismos: su clasismo, su mezquindad, su incapacidad de empatía.
No marcharon por México. Marcharon por ellos mismos. Y ni así lograron verse bien.
Al tiempo.
astrolabiopoliticomx@gmail.com
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx
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