Salvador Muñoz
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La primera idea que debe prevalecer en cualquier bien nacido, es que Claudia fue víctima de acoso. La segunda, y lamentable, es que ninguna mujer, ni siquiera Claudia, está exenta del acoso. La tercera, es que el acoso no respeta edad, ni anillo de seguridad y menos investidura presidencial.
El reciente episodio que vivió Claudia Sheinbaum –catalogado como acoso callejero– ha abierto una caja de Pandora donde se mezclan política, incredulidad, indignación y, cómo no, el eterno escepticismo ¿de los opositores? ¿de los machistas? ¿de los ciudadanos?; Porque en México, cualquier cosa que le pase a un político tiene tres lecturas: la oficial, la de los opositores y la de los que “ya no creen en nada”.
Hay quienes ven en el incidente un montaje para desviar la atención del conflicto en Uruapan. Otros, una muestra alarmante de que la seguridad de la Presidenta es endeble. Pero hay una tercera lectura que, paradójicamente, parece la más noble y la más incómoda: que Claudia, antes que Presidenta, es mujer. Y eso, en este país, la vuelve automáticamente vulnerable al acoso, a los “piropos”, al manolarga, al tentón, al calenturiento y a la mirada invasiva.
En carne propia vivió –aunque fuera por un instante– lo que miles de mujeres enfrentan cada día en las calles de México: ese asedio normalizado, esa violencia disfrazada de “piropos”.
Claro, hay quien dirá: “Bah, no fue para tanto”. Y ahí está el verdadero problema. En un país donde el acoso se esconde detrás del humor popular, donde personajes como El Vítor son celebrados por sus “piropos” de doble sentido, la frontera entre la broma y la agresión se vuelve difusa.
Nos reímos de los chistes del chofer del microbús, pero olvidamos que, en la vida real, esas frases son la antesala de una cultura que trivializa el cuerpo de la mujer. La burla, el chiflido, la frase de doble sentido, todo suma en un mismo sistema que hace que muchas mujeres opten por cambiar de acera antes que enfrentar la incomodidad.
Políticamente, el asunto también tiene filo (Nos ponemos en los zapatos de los escépticos): Si el evento fue real –y todo apunta a que sí–, el mensaje es doble: uno, que ni el aparato de seguridad más cercano puede blindar a una mujer del machismo cotidiano; y dos, que la narrativa del poder femenino en México sigue siendo frágil. Porque basta un episodio de este tipo para que el debate gire de la política a la anatomía, del liderazgo a la vulnerabilidad. La Sheinbaum presidenta se volvió, por un momento, la Sheinbaum mujer acosada. Y eso, aunque incómodo, nos recuerda algo esencial: el poder no anula la corta visión que se tiene del género en este país.
Quizá este episodio no cambie el rumbo político del país, pero sí debería movernos a reflexionar qué tanto hemos avanzado en la comprensión del acoso. Porque mientras haya quien crea que “solo fue un arrimón”, o “un montaje”, habrá mujeres que sigan bajando la mirada. Y si la Presidenta lo vivió, tal vez –solo tal vez– sea hora de que el país deje de reírse de los piropos del Vítor y empiece a escucharlas a ellas.
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