Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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Siguiendo con mi escrito de ayer sobre la progresiva pérdida de derechos humanos, tomando como ejemplo los confinamientos domiciliarios y/o municipales (ahora en Les Terres de l’Ebre, por los incendios), si bien, teniendo presente la llamada ley mordaza, que Pedro Sánchez, en su primer discurso de investidura del año 2018 prometió derogar, y allí sigue; por lo que me parece preciso ampliar el debate, como hago a continuación.
Ayer noche, oyendo a alcaldes de algunos de los municipios confinados, por su proximidad al fuego, coincidieron en señalar que, a pesar de la orden de confinamiento domiciliario, diferentes vecinos, al ver cómo se aproximaba el frente del fuego, sufrieron ataques de miedo, incluso de pánico, por lo que prepararon los documentos y los principales objetos, para escapar y desplazarse a residencias de familiares situadas en otros municipios más lejanos. Asimismo, otros vecinos, preocupados por sus fincas, por sus granjas, querían ir a ‘hacer alguna cosa’ para salvarlas.
Obviamente, los alcaldes, apoyados por los mossos d’esquadra, evitaron esos desplazamientos, intentando convencer a dichos vecinos, por el riesgo que comportaba lanzarse a carreteras comarcales, sin garantías de que estuvieran en una situación de circulación segura.
En situaciones extremas, es razonable la imposición de las restricciones precisas, eso no es discutible.
Ahora bien, mi crítica fue por algunos de los argumentos que se habían dado y repetido, para justificar el confinamiento municipal, que era la conveniencia de dejar libres las carreteras para los desplazamientos de los vehículos de los bomberos y de emergencias.
Y he traído aquí, de nuevo, este tema, para fomentar el análisis crítico, pues, desde los diferentes poderes, antes de tomar la decisión más fácil, de reducir derechos fundamentales, deberían ponderar las consecuencias cívicas y psicológicas de la ciudadanía.
No se puede cambiar la tradicional gestión de incendios, que, hasta el año pasado, consistía en desplazar a pabellones polideportivos a la ciudadanía ubicada en zonas peligrosas y, que ahora, la gestión se base en el confinamiento, como la mejor fórmula. Obviamente, cada situación de riesgo es diferente, y para eso, los especialistas de los bomberos y de emergencias están plenamente formados y entrenados; y sus instrucciones deben ser seguidas en todo momento.
Pero, políticamente, me parece que es necesario un amplio debate, y una mayor información, transparencia y pedagogía. Y, claro, una mayor empatía con la ciudadanía, sin tratarnos como si fueramos criaturas inmaduras, que las hay, pero son minoritarias. Y siempre, siempre, procurando preservar los derechos fundamentales, sin recurrir a las argucias del tribunal constitucional, que consideró que, en la pandemia, ‘si bien se limitaron algunos de esos derechos, no se suspendieron’; y eso, a mi modo de ver, son argucias leguleyas, pues, en última instancia las consecuencias fueron las mismas: nos prohibieron todo tipo de libertad de movimientos.
Volviendo a la gestión del miedo, es preciso señalar que esta experiencia surge por la percepción de un peligro o la anticipación de un mal posible que provoca un sentimiento desagradable, acompañado de deseos de huida; es decir, es un instinto de supervivencia; mientras que el pánico es irracional, más incapacitante.
Y en situaciones extremas, como es el caso de un incendio, como el actual (que hoy, afortunadamente, ya está en vías de estar controlado), son muy humanas y comprensibles todo tipo de respuestas y de actitudes; por lo que la pedagogía debería ser mayor. Y nunca, nunca, ser utilizadas como una coartada para tomar la salida más fácil, por parte de cualquier poder.
Pero vemos que el poder siempre recurre a la opción más fácil, y esto lo hemos visto esta mañana en el congreso de los diputados, tratando el monotema de la corrupción, pues la estrategia de Pedro Sánchez ha seguido la táctica del ‘y tú más’, para provocar el miedo a un futuro gobierno del PP.
Y no deja de ser penoso que los partidos políticos recurran a los instintos más primarios de la ciudadanía, en lugar de intentar convencernos con argumentos racionales y lógicos.
En definitiva, que la situación es compleja, por lo que todos deberíamos ser más exigentes, sin perder de vista nuestros deseos, nuestros objetivos, y así, evitar caer en la trampa que constantemente nos plantean los diferentes poderes.
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