Pbro. José Manuel Suazo Reyes
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La Palabra de Dios que escucharemos este domingo nos habla del misterio de la Ascensión. Cuarenta días después de la resurrección y luego de varias apariciones a sus discípulos para mostrarles que él estaba vivo, Jesús regresa al cielo para sentarse a la derecha del Padre.
Cuando hablamos de “cielo” no nos referimos a un espacio geográfico que está “arriba”, más allá de las nubes o más allá del universo. Con la palabra “cielo” nos referimos a la “morada” de Dios. En esta morada divina no existen limitaciones espacio-temporales.
San Lucas nos habla de la Ascensión al final de su evangelio (Lc 24, 46-53) y al principio del Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 1, 1-11). Antes de partir, Jesús habla de la misión que deben hacer sus discípulos, es el anuncio de la conversión y del perdón de los pecados, y en seguida promete el Espíritu Santo. La Ascensión no es para nosotros únicamente el motivo de nuestra esperanza es también un estímulo para trabajar en la transformación del mundo según el plan de Dios.
Considerando estos aspectos, la solemnidad de la Ascensión es fuente de nuestra esperanza; ella nos recuerda cual es la vocación que tenemos todos los que creemos en Cristo y hemos sido bautizados. Pues cómo dice un prefacio eucarístico: “allá donde llegó nuestra cabeza esperamos llegar también nosotros que somos su cuerpo”. La Ascensión entonces nos recuerda cual es nuestro destino final y hacia dónde nos encaminamos. Por la fe estamos llamados a participar un día de la gloria del cielo donde está Cristo sentado junto a su Padre.
La Ascensión del Señor al cielo, no significa que Cristo haya abandonado a su Iglesia, al contrario, gracias a su glorificación se inaugura una nueva forma de la presencia de Dios en la tierra. Aquí conviene recordar lo que decía san Agustín sobre este misterio: “Jesús bajó a la tierra sin haber dejado el cielo y subió al cielo sin haber dejado la tierra”. Ya el mismo Jesús lo había prometido a sus discípulos: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos”. En efecto Jesús tiene ahora una presencia gloriosa que le permite estar de muchas maneras entre nosotros. Él está con nosotros en la Eucaristía, en todos los sacramentos, cada vez que hacemos oración, está además en su Palabra y en los acontecimientos, y sobre cuando amamos a su manera.
Por último, la Ascensión del Señor dinamiza también nuestra vida cristiana, en efecto, no podemos sólo contemplar el cielo sin comprometernos en la construcción del reino de Dios. Para eso Jesús nos ha regalado su Espíritu. Con la Fuerza del Espíritu Santo los discípulos son transformados, pasan del temor al testimonio de su vida para anunciar a los demás la obra que Dios ha hecho en sus vidas.
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