Amadeo Palliser Cifuentes / Barcelona
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Esta mañana (9/12), el president Carles Puigdemont ha hecho un balance público del año de incumplimientos de Pedro Sánchez, y ha comentado que éste ha traicionado la confianza que dieron a Junts, pues, los acuerdos pactados no se han cumplido, y eso muestra la falta de honor en su palabra. A continuación, traslado unos comentarios sobre el particular.
El término honor, del latín ‘honor, oris’, en el sentido amplio de honrar, tiene su origen en el griego ‘timao’, que expresaba valor, mérito y, también, gran estima y consideración. Y se consideraba que el honor era un bien finito, que podía agotarse, perderse, en función de posteriores actuaciones.
Hay dos tipos de honor, el atribuido (por origen familiar, riqueza, poder, etc.) y el alcanzado (por conquistas, logros, actuaciones públicas, etc.); y, a mi modo de ver, es esencial, asimismo, diferenciar entre el honor interior (privado) y el reconocido públicamente. También es interesante señalar que la vergüenza es la contrapartida, que surge con el deshonor, con la deshonra. Y es evidente que el honor es ajeno e independiente a las ideologías, ya que es algo estrictamente personal, y se tiene o no se tiene.
Pues bien, en base a cuanto he expuesto, es preciso apuntar que no pretendo que los políticos deban ser tan respetuosos como para adoptar el bushido, el código ético de los samuráis, que eran capaces de entregar su vida por el honor y su lealtad; y si fallaban, sólo podían recuperarlo practicando el seppuku (el harakiri)
Pero de esa rotunda y firme exigencia, a la situación actual, caracterizada por el deshonor, la falta de palabra, y la sinvergüencería, hay un largo recorrido, que, por lo que vemos, algunos han efectuado rápidamente, sin pudor. Y llegado a este extremo, su defensa es mentir, manipular los acuerdos, reinterpretarlos y, claro, culpar a los otros de los incumplimientos.
Volviendo a Carles Puigdemont, y tras relacionar los importantes incumplimientos, y constatar que las cosas no van bien, ha propuesto a Pedro Sánchez que se someta a una moción de confianza, para confirmar si tiene los avales que les permitieron la investidura de presidente. Puigdemont ha señalado que es consciente que las mociones de confianza son decisiones personales del presidente, por más que la cámara se la pudiera pedir, la decisión final, voluntaria, es del presidente. Otra cosa bien distinta es la moción de censura, incluso la constructiva, como está establecido constitucionalmente.
Pero, aún así, como propuesta, en sí misma, tiene un alto valor simbólico, ya que Puigdemont ha comentado que su partido (Junts) ha sido muy generoso y paciente; mientras que el PSOE ha ido acumulando incumplimientos, que ahora, quiere juntar, presentando algún mínimo avance, por ejemplo, en el tema de la gestión de la inmigración (pero no el traspaso integral), como contrapartida para apoyar los presupuestos generales.
Y, como hemos ido viendo, esa es la estrategia de Pedro Sánchez, pues un día acuerda ‘X’, para su candidata Francia Armengol fuese investida presidenta de las cortes, meses después, reutilizar esa misma promesa, para su propia investidura y, pasados más meses, volver a repescar el acuerdo, para obtener el apoyo de los presupuestos. Esa es la táctica del trilero Sánchez.
Puigdemont ya ha avisado que no es correcto mezclar cosas, pues para la negociación de los presupuestos quedó acordado que dependería de conocer la liquidación, las balanzas fiscales, del año anterior (2023), que fue catastrófica para Catalunya, como lo fue la de ejercicios anteriores, por lo que ‘el gobierno de Pedro Sánchez se parece mucho al mandato de Mariano Rajoy: incumplimiento sistemático de las inversiones previstas en Catalunya y sobreinversión en Madrid (…) y sobre el financiamiento singular, Sánchez lo ha convertido en un nuevo café para todos’.
Asimismo, ha señalado que ‘el catalán no es oficial en Europa por la falta de implicación de Pedro Sánchez, pues es evidente que no ha dedicado los esfuerzos que le hemos pedido; esfuerzos que si utilizó a fondo, incluso pactando con Giorgi Meloni y Viktor Orban, para que su candidata Teresa Ribera fuese investida vicepresidenta de la UE.
Si Pedro Sánchez fuera honesto y leal, aceptaría el guante, y se presentaría a una moción de confianza, en la que pudiera explicar y razonar los diferentes motivos que le han impedido el cumplimento de los acuerdos pactados.
Y si Sánchez no obtuviera la confianza de la cámara, debería presentar su dimisión al rey, y el PSOE, presentar a otro candidato, que, entonces si, que debería defender su programa, y, si fuera votado, quedaría investido como nuevo presidente.
Pero la respuesta inmediata de Pedro Sánchez ha sido que no ve necesario someterse a la cuestión de confianza solicitada, que no tienen ninguna intención ni es necesario, pues, desde la Moncloa se ha confirmado que las cosas van bien, y han pedido calma, y que seguirán trabajando para que España sea un motor económico de la UE, para disminuir las desigualdades.
El ministro de política territorial y memoria democrática, Ángel Victor Torres, ha afirmado que ‘el presidente tiene la confianza de la mayoría de los españoles fruto del pacto de investidura y de legislatura’. Y eso es la prueba del nueve de que están haciendo un totum revolutum, ya que la confianza de la mayoría de los españoles, no la tuvo, pues Sánchez perdió las elecciones, y la confianza del pacto de investidura, es evidente que, como ha dicho Puigdemont, se ha perdido. Y fue un pacto de investidura, no de legislatura.
Ese mismo error lo han aprovechado, como buenos papagayos, los diferentes aduladores oficiales e interesados pelotas de turno, como:
Lo único que pretenden todas estas críticas, es aprovechar el momento para criticar a Carles Puigdemont. En ningún caso tienen el honesto rigor de analizar las causas que apunta el president, y asumen, acrítica y sumisamente, la bondad y liderazgo de su irreemplazable Sánchez, que les garantiza las actuales prebendas de las que gozan.
Y tengo claro que Pedro Sánchez lo que hace es dilatar la aplicación de los acuerdos, aceptados a regañadientes, pues su concepción del estado es la del neofranquista régimen del 78, la de ‘España una y no 51’; y de ahí su defensa del café para todos, vestida, ahora, como singularidad individual de cada una de las autonomías.
Por todo lo visto, me parece que, en síntesis, no hemos cambiado prácticamente nada respecto a la situación que explica Francesc Canosa (Ara, 9 de diciembre del 2024), en su artículo ‘Prohibir els Pastorets’ (la representación navideña de los pastores), pues nos recuerda la actuación de Wenceslao González Oliveros (1890 – 1965), gobernador civil de Barcelona (julio 1939 – diciembre 1940) que buscaba la ‘reespañolización cultural de Catalunya’, ya que, en 1939 estableció las siguientes normas para la representación de esa función infantil:
Es decir, unas normas abstrusas de un prototipo cono el citado Wenceslao, un anticatalanista militante, en cuyo mandato fue fusilado el president Lluis Companys, que recibió la visita de Heinrich Himmler, jefe de la SS y de la Gestapo, al que acompañó en su visita a la abadía de Montserrat, la desaparición de todo vestigio catalán, y se calcula que el 85% de las ejecuciones sumarias efectuadas en la provincia de Barcelona en la postguerra, fueron bajo su mandato.
Pues bien, ese tipo de normas de imposible cumplimiento, me parece que son un claro ejemplo de la mentalidad de la españolizadora castellanidad, que todo lo burocratizan y retuercen, para conseguir el efecto, notándose el cuidado.
Ya lo vemos con la inaplicabilidad de la ley de la amnistía, que, fundamentalmente ha beneficiado a los violentos miembros de las policías españolas (policía nacional y guardia civil), los que ahora ‘atenderán’, en primera instancia, nuestro servicio de emergencias, gracias a la labor descatalanizadora del represor Salvador Illa, que, como la gota malaya, va dando pasos en la desideologización de la ciudadanía:
Pero más que la citada gota malaya, los españolizadores Sánchez, Illa y Collboni, cada uno en su esfera de poder, nos aplican la bota malaya, un elemento de tortura consistente en unas botas de madera o metal, que se iban haciendo pequeñas con los pies dentro, de manera que rompían todos los huesos, provocando un gran dolor a la víctima. Según la Wikipedia, ese método de tortura es similar al de la bota española, llamada ‘escarpines’, pues era alta y trituraba las espinillas.
Y esa práctica es la que siguen aplicando a nuestra ideología, y así nos va.
Para finalizar, me parece muy ilustrativa la lectura del ‘Cuento sin moraleja’, de Julio Cortázar (1914 – 1984), que narra las peripecias de un ‘vendedor de gritos y palabras’, pero es un poco largo para reproducirlo aquí y ahora, quizás en otra ocasión abuse de la paciencia del lector; pero aconsejo su lectura, que, contra lo que dice el título, permite muchas lectoras y moralejas, que claramente podríamos aplicar al trilero, narcisista y deshonorable Pedro Sánchez.
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