Sergio González Levet
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Son dos personas que dejan sendos puestos de relevancia, dos que están que se van y se van y aún no se han ido, pero es inminente su retiro del lugar en el que están actualmente.
Para hacerla un poco de emoción en esta columna que a veces peca de tediosa, no diré sus nombres sino hasta el final, pero estoy seguro que la perspicaz lectora y el candoroso lector podrán adivinarlos entre las señales que, quieras que no, irán saliendo sobre su personalidad.
Ambos han iniciado un periplo de adioses anticipados, en tono de despedida apurada en el caso de uno y gozosa en el caso del otro.
Empecemos por el primero. Ha habido una gran expectación en Veracruz sobre su posible licencia anticipada, sobre su anhelada partida de un puesto en el que jamás debió haber estado porque nunca supo qué hacer con tamaña responsabilidad, y se dedicó a cometer errores y a decir sandeces.
No hizo nada bien y además, como buen inepto, se llenó de soberbia, de necedad, de estulticia. Va a quedar en la historia como un accidente que no merecíamos sufrir los veracruzanos y como uno de los funcionarios más señalados de corrupción en la larga historia de los latrocinios que hemos sufrido los ciudadanos de este sufrido estado.
Tuvo las condiciones para ser, cuando menos, un buen servidor público, un pastor que llevara por un mejor camino el rebaño de las riquezas naturales, económicas y humanas de Veracruz.
Nos deja como herencia la falta de oportunidades para los jóvenes, de empleos para la clase trabajadora, de seguridad en la vida y el patrimonio de todos. Nos hereda una entidad sumida en todas las miserias. Se despide desde lejos porque tiene miedo de enfrentar los rostros de quienes le piden explicaciones por su incapacidad, por sus desviaciones.
El otro, por el contrario, se está acercando a la gente satisfecha con su trabajo, con su actitud, con su amabilidad y su atención.
A donde va, es recibido con aplausos y con abrazos, por personas que se sienten bendecidas por un gesto, por un detalle suyo que les resolvió un problema, una necesidad, una angustia.
Como es mucho lo que ha hecho, son tantos los lugares que debe y puede visitar para constatar el debido agradecimiento a su buena labor, a su honestidad, a su honorabilidad.
Se acerca y le da la mano a todos, los mira a los ojos porque no tiene pena ni rezagos. Se deja envolver y estrechar.
¿Ofenderé la inteligencia de los lectores si digo que el uno y el otro son Cuitláhuac García Jiménez -el peor Gobernador de la historia- y Ricardo Ahued Bardahuil -el mejor presidente municipal que haya tenido Xalapa-?
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