Sergio González Levet
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En la casa de la familia Herrera Borunda sucedían cosas tan poco inusuales como ésta: a las 2 de la mañana suena un celular. Es el de Fidel, que despierta y contesta con rapidez, aunque no con tanta como para que su mujer no se voltee a escuchar con quién habla.
—Bueno, ¿quién es? Hola Poeta, ¿qué pasó?
El Poeta es uno de sus colaboradores más útiles y consentidos, porque se mantiene dispuesto a cualquier hora del día o la noche a redactar en forma de artículo periodístico las ideas que se le van ocurriendo a la pasmosa inventiva de la mente del de Nopaltepec.
—Ajá, sí.—contesta el desvelado mientras soporta la mirada inquisitiva de su compañera del alma—. ¿Conque un poema increíble? ¿Y me lo quieres leer? Mira, te voy a pasar a Rosa Margarita para que se lo leas a ella.
La señora toma el teléfono y escucha pacientemente la creación inédita del cómplice literario de su marido. La composición le parece un tanto alejada de su visión poética, muy hecha a la rígida preceptiva de Juan de Dios Peza, de Rubén Darío, de Amado Nervo… tal vez un poco atrevida con algunos ritmos inevitables de Jaime Sabines, que era amigo de la pareja.
—Me gustó, a secas —contesta ella al aparato—. Tiene unas frases muy musicales y bonitas, aunque no me atrae tanto el verso libre. Pero reconozco que es un buen poema.
Fidel toma el teléfono, se despide y vuelve a dormir…
Para Rosa Borunda –me confirma su amiga del alma, su hermana, su confidente, Zita Pazzi Maza- era todo un acontecimiento vivir como lo hizo por tantas décadas junto a una persona tan peculiar como el padre de sus adorados hijos -Rosita, Fidel y Javier-. Parecía que se sustentaba en medio de un torbellino, ése que causaba permanentemente y a su alrededor la hiperactividad física, intelectual y social de Fidel, que no paraba nunca de pensar, de hablar, de relacionarse, de mandar…
Pero Rosa Borunda pensaba junto con Nietzsche que para cualquier persona solamente hay un derecho y una responsabilidad: “El derecho de hacer lo que me plazca y la responsabilidad de responder por lo que haya hecho mi voluntad”.
Hoy descansa en paz una mujer que vivió plenamente la actividad, que gozó incluso los excesos mentales de su compañero y que siempre permaneció a su lado, porque fue el freno, la rienda que no permitía que se desbocara.
Muchos la quisieron en Chihuahua, en la Ciudad de México -donde estudió la carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública, no podía ser menos-. Muchos la llegaron a adorar en Veracruz, su lugar soñado, al que tanto quiso y respetó.
Muchos lloran a Rosa Margarita Borunda de Herrera porque fue una mujer sincera, derecha como buena norteña y bondadosa a su modo.
Descanse en paz, la vamos a extrañar.
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