Alfredo Bielma Villanueva
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Es un hecho de características cabalmente humanas que entre el triunfo y la derrota existe tanta diferencia que cabe todo un abismo entre las oquedades que se producen. En ciertos casos la existencia de paliativos atenúa el golpe de la debacle, en otros el impacto es de potencia proporcional al tamaño de lo perdido. Trasladado el símil a la política recordamos el fuerte conflicto psicológico sufrido en el año 2000 en las filas del priismo, derivado de haber perdido por vez primera la presidencia de la república después de haber gozado de una larga era de protagonismo hegemónico y los reflectores desviaron la intensidad de su luz hacia el área de los vencedores, era el panismo triunfante que 61 años después de su registro como fuerza política opositora alcanzaba la posición más elevada en el firmamento político del México moderno; entonces el PRI vivió en la penumbra doce años, aunque contando con fuerza territorial suficiente- todavía gobernaba una veintena de estados- que le permitió reinstalarse en la presidencia en 2012. Desde el poder, el PRI y el PAN se mostraron abiertos a los reclamos oposicionistas, la década de los años 90 fue rica en reformas al marco normativo electoral pavimentando el camino para elecciones democráticas y para la primera alternancia en el 2000. El testimonio registrado en las hemerotecas de esos años da fe de la establecimiento y fortalecimiento de órganos autónomos garantes de la evolución democrática de este país.
Gracias a ese proceso de madurez democrática, en 2018, apenas cuatro años de haber conseguido su registro como partido político MORENA con López Obrador de candidato ganó la presidencia de México, aun no asumía constitucionalmente el mando y ya estaba en operación el mazo demoledor cuya primera víctima fue el aeropuerto de Texcoco; en obstinada secuencia los golpes dieron en el blanco en la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en el Conacyt, en el CIDE, en la Comisión Reguladora de Energía, en el INE, en multitud de fideicomisos, etc., y el porrazo demoledor contra la Suprema Corte de Justicia, o contra el Poder Judicial, será en septiembre próximo, cuando el Congreso de la Unión procese la iniciativa presidencial para reformar ese poder, único contrapeso contra la anarquía y la autocracia. En ese maremágnum iniciará su mandato la presidenta Claudia Sheinbaum, ignoramos cuánto pudiera ocurrir en los tres meses y medio que faltan para ese momento, pero se vislumbran tiempos tempestuosos en el interregno del antes y después del 1 de octubre próximo. La ciudadanía ya decidió con su voto que es Claudia Sheinbaum quién gobernará este país, queda a cargo de los políticos con mando conducirnos con prudencia, porque la economía también cuenta ¡y mucho! Por lo pronto y hasta el momento López Obrador se está despidiendo como campeón triunfador, ojalá fuera por el bien de México.
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