Alfredo Bielma Villanueva
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“Como te veo me vi, como me ves te verás”, es una vieja conseja popular muy propia para aplicarse a quien habiendo accedido al poder impulsado por enormes expectativas no tuvo empacho en exhibir los defectos del antecesor. Es un fenómeno muy común en la política mexicana, pues a causa de nuestro subdesarrollo político se utiliza la infamia contra quien ya sin poder se va al ostracismo o a rumiar su derrota. Lo hemos podido observar a lo largo de las sucesiones en el poder en los distintos niveles de gobierno, es canibalismo puro, cuando quien llega tunde y denigra a quien se fue particularmente si éste adopta un protagonismo que interfiera con el recién llegado. Lo más reciente lo advertimos en 2018 cuando los expresidentes Calderón y Peña Nieto fueron convertidos en la fuente de todos los males del país. Claro, el encono abarcó a todo “el periodo neoliberal”, pleno de “fifis”, “conservadores”, “traidores”, “corruptos”, etc. jinetes del apocalipsis a los que debía combatirse para hacer un México nuevo, todo por el pueblo, todo con la participación del pueblo, cualquier cosa que eso pudiera significar. Ahora, ya en el ocaso de su gestión pública el presidente López Obrador comienza a resentir la ola de regreso y se le dificulta contenerla porque en su inmoderada retórica abrió múltiples frentes y ya no le alcanzan ni el poder ni los argumentos para hacerles frente ¿cómo negar el fracaso en salud, en corrupción, en seguridad, en crecimiento económico?
Para acabarla de amolar, su candidata a sucederlo en el cargo, nada elocuente ni ducha en el micrófono sigue cometiendo deslices que más parecen producto de su subconsciente que falta de experiencia, pues hace algunas semanas resbaló cuando discurseaba diciendo “que siga la corrupción” y ahora patina afirmando que el presidente buscó la presidencia por ambición de poder. Si ya con los de enfrente AMLO tiene bastante en qué ocuparse estos sinsabores lo distraen en la ofensiva a fondo contra sus adversarios. Pero el ocaso se acerca, en cuatro meses y medio entregará la banda presidencial y después de ese momento arreciarán las acciones de quienes durante los seis años de su gobierno fueron objeto de sus diatribas, será el objeto de reclamaciones provenientes de diversos sectores de la población mexicana, ya sin fuero, sin el micrófono, sin la obediencia de las fuerzas armadas de que ahora dispone por ser su comandante general, habrá otros datos para contar. Ese es el obligado formato de fin de sexenio cuando un presidente lo concluye sin luces y más con pena que con gloria, porque el balance no lo favorece.
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