Francisco Cabral Bravo
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Así como lo están leyendo la ciudad de México sigue siendo una cajita de sorpresas y maravillas. Además de una gastronomía de primer nivel, de ser la ciudad con más museos en el mundo, de tener miles de rincones disfrutables, si le sabes buscar un poquito, es un privilegio para la cultura. Mientras en el Zócalo se amontonaban los invitados a la cena del señor y sin cena. ¡Qué diferencia!, qué triste diferencia que sólo contribuye a hacer más grande la brecha, es lógico que exista esta división enconada si a este pueblo nuestro que le hace falta más teatro, más arte, más cercanía con los libros y con la cultura y menos pantomima, menos piñatas de Piña para incendiar, llenas de odio en vez de dulces, y un discurso aburrido, con los nuevos privilegiados cómodamente sentados al frente y los menos, los del pueblo sabio y bueno, parados atrás.
Desde su origen el Ejecutivo ha evitado subir al ring de las descalificaciones al presidente Joe Biden. Qué bueno. Pero seguir alimentando el fuego de artificio con tanta paja aquí, puede provocar un incendio justo cuando de un lado y del otro de la frontera el poder estará en juego. Eso no es transformar, es complicar y justificar. ¿Qué necesidad?
Hasta ahora el afán presidencial por modificar el sistema electoral erró, más de una vez se ha dicho, en el momento, modo y tono y, de revés en revés, va a su derrota final. ¿Qué caso coronar un fracaso?
La política tiene, de manera inherente, un componente teatral, se disfraza en nombre del poder y se retroalimenta de él a partir de la aprobación del espectador frente al arte de entendimiento.
Balandier, sociólogo francés, en El poder de escenas, diagnostica que a la práctica política se ha contaminado de espectacularización, lo que ha acabado por transformar a los ciudadanos en meros espectadores.
Hay banderas que s3e despliegan y parecen ondear gracias a las huracanadas ráfagas que llegan desde los ventiladores de las oficinas gubernamentales. Desde hace un par de meses, el contexto político-nacional y el que nos vincula irremediablemente con nuestro mayor socio comercial, los Estados Unidos; nos ha brindado suficientes elementos para preocuparnos y, quién lo dudaría, para activar uno de los mejores resortes que mantiene a todo el populismo con la fuerza de la irracionalidad que lo define.
Existen palabras que son una entelequia, en cuyo significado se concentra todo tipo de manipulación y demagogia. No es necesario realizar una investigación a profundidad para que lleguen, con cierta facilidad, términos que hemos escuchado de forma sistemática a lo largo del siglo XX y las pesarosas décadas de esta nueva centuria: no hay gobierno que no haya explotado, hasta la náusea, el vocablo “pueblo” o “justicia”. Por ello, bajo la perversa redacción que se configura gracias a las tintas del populismo y el presidencialismo, tan afincados en nuestra sociedad, hemos escuchado discursos que levantan el polvo de la historia con el que se han maquillado los más vergonzosos sexenios perdidos en la desmemoria de quienes prefieren ignorar la historia y, ahora, redimir a quienes fueron sus protagonistas.
Así, mientras los discursos van y vienen, se realizan mítines en los que cambian los colores y las insignias, aparecen nuevos dioses y caen los anteriores, algo no cambia: la pobreza se mantiene como la piedra de toque para quienes enarbolan su bandera, se envuelven en el lábaro de su causa, para validar el ejercicio del poder bajo el amparo de quienes han depositado su fe en las promesas de una justicia que, desde épocas de la legendaria Revolución Mexicana, ha sido la principal invitada en los banquetes de burócratas y héroes de ocasión, mostrándose con lentes bien graduados y sin la venda en los ojos que se presumía como el símbolo y garante de la imparcialidad.
¿Recuerda aquella frase “no me vengan con ese cuento de que la ley es la ley”, pronunciada por el inquilino del Palacio Nacional, con orgullo, un 6 de abril de 2022? Palabras cuyo talante sólo se puede entender bajo la misma lógica de quien sabe que el pueblo está constituido por sus electores, por la grey de una nueva religiosidad que se construye con los símbolos más elementales de los gobiernos basados en el poder omnímodo de una sola persona. No hay cálculo errado en la premisa de que la realidad siempre puede caer como “anillo al dedo”. Todo se acomoda a una versión de la realidad que se basa en distorsionar, a diestra y siniestra, aquello que se sume a la imagen que rige el destino político del país.
En ese juego de espejos opacos y sucios que no se limpian ni con el amoniaco de la decencia, todo se convierte en un festival de rostros cuyas deformaciones dejan de ser graciosas cuando la realidad nos golpea el rostro.
A ese difuso principio que se acompaña de banderas y música, de personajes y exclamaciones que nos remiten a esas décadas del nacionalismo que edulcoró las ilusiones de un México que estaba a punto, casi llegando al objetivo, ya merito alcanzaba a ser una nación desarrollada.
Pero se nos atravesaron los maestros y modelos del actual sexenio.
La mesa estaba puesta para salir a las calles, en libre convocatoria, por supuesto, y defender esa soberanía que resistirá al complot universal. Es curioso que, mientras se escuchan las arengas en contra del intervencionismo y glorificando la soberanía con el rostro del arrobo místico.
Lo terrible es pensar que, detrás de estos discursos, se pierde el tema más importante: a la violencia, al crimen organizado, a la injusticia y a la muerte les importa muy poco las consignas que nos recuerdan a López Portillo y sus mítines nacionalistas. Patrioterismo puro.
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