Sergio González Levet
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Una muy estimada lectora (¡lo son todas!) me escribe y me cuenta que su esposo empezó a padecer hace poco lo que en Misantla llamamos el Síndrome de Los Panchos, que consiste en sufrir "ansiedad, angustia y desesperación".
El señor enfrentaba serias presiones en el trabajo debido a un jefe tonto, y le encimaba a eso los problemas económicos y domésticos que nos trajo la pandemia del coronavirus.
Me dice su esposa que el pobre hombre no podía conciliar el sueño, porque apenas ponía la cabeza en la almohada sentía que se ahogaba.
El tremendo malestar se le curó rápidamente con la administración de Rivotril, cuya sustancia activa, el clonazepam, alivia efectivamente la ansiedad.
La verdad, me dice mi inteligente corresponsal (¡todas lo son!), el problema no fue dar con el medicamento, ¡sino encontrar un siquiatra que se lo recetara!
Vea usted, llamó a varios especialistas en el tratamiento de enfermedades mentales y encontró que todos estaban copados de trabajo. Sus secretarias ofrecían citas hasta tres meses después, o más.
Imaginen al señor que no podía dormir, se hubiera muerto de fatiga a la semana. Bueno, lograron encontrar una excelente y comprensiva especialista en Xalapa, quien atendió al insomne por vía electrónica, y le solucionó el padecimiento.
Con lo que me quedo es con el gusto de que el señor ya está bien, pero además con el dato de que los siquiatras no se dan abasto en Veracruz para atender a tantas personas que enfrentan problemas de personalidad o de intranquilidad.
Un estudio más profundo sobre la salud mental en los tiempos de la pandemia seguramente revelaría una situación muy alarmante.
Niños traumados por el encierro y la falta de sus amigos, esposas que ya no soportan a los inútiles de sus maridos en casa, señores que ya no saben cómo escapar de la cárcel hogareña, señoritas descuidadas por sus galanes otoñales o sus sugar daddies...
La pandemia mental puede ser tan terrible como la Covid extendida por la faz del planeta.
Un gran poeta veracruzano, orgullo de Córdoba, Ramón Rodríguez, que nos dejó a la temprana edad de 94 años, me recomendaba en vida: "Después de los 60 años, si ves un baño, ¡métete, aunque no tengas ganas!"
Bueno, pues un consejo similar se puede dar ahora: si ve a un siquiatra, vaya pidiendo una cita, aunque usted y su familia parezcan sanos de la mente.
No estará por demás...
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