18 de Marzo de 2026
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SIN TACTO - Sergio González Levet
Sor Juana Inés de la Cruz
2021-03-11 - 09:51

Sergio González Levet


En esta fecha cercana al Día Internacional de la Mujer vale la pena recordar a una mexicana que es gloria de nuestras letras, persona brillante por su inteligencia y una de las primeras feministas del mundo, pues vivió en el siglo XVII.


     Aunque falleció joven (nació en San Miguel Nepantla -hoy Estado de México- el 12 de noviembre de 1648 y falleció en la ciudad de México el 17 de abril de 1695, víctima de una epidemia, o sea que tenía apenas 46 años) logró componer una obra inmortal que perdura y sigue siendo leída, estudiada, acudida.


     Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana escribió poemas sobre todo, pero también cultivó el teatro e hizo varios autos sacramentales (que eran obrillas dramáticas de tema eucarístico o sobre asuntos de carácter moral).


     Hay que entender a esta mujer que aprendió a leer y a escribir a los cinco años y que tenía una inteligencia que desbordaba las posibilidades de su sexo en aquellos años, cuando el mundo estaba embebido por el oscurantismo de la Edad Media y España se proyectaba en el Siglo de Oro, tan dorado que duró 189 años, de 1492 a 1681.


     Juana, hija de una familia pudiente, cercana a don Sebastián de Toledo Molina y Salazar, marqués de Mancera, que fue el vigésimo quinto virrey de la Nueva España. Pero su avidez por el conocimiento y su genio intelectual hubieran llamado la atención de los inquisidores españoles, así que decidió volverse monja, para poder enfrascarse en el estudio y la escritura dentro de un convento.


     Seguramente Redondillas es el primer poema feminista del mundo, y sigue tan vigente como hace 331 años, cuando fue publicado en Madrid.


     Dejo a la sagaz lectora y al candoroso lector este texto genial, porque nuca está de más leerlo de nuevo -o conocerlo-. Siempre es un acontecimiento para la emoción y la razón repasar lo que puso la Décima Musa:


 


Hombres necios que acusáis


a la mujer sin razón,


sin ver que sois la ocasión


de lo mismo que culpáis:


 


si con ansia sin igual


solicitáis su desdén,


¿por qué queréis que obren bien


si las incitáis al mal?


 


Combatís su resistencia


y luego, con gravedad,


decís que fue liviandad


lo que hizo la diligencia.


 


Parecer quiere el denuedo


de vuestro parecer loco


el niño que pone el coco


y luego le tiene miedo.


 


Queréis, con presunción necia,


hallar a la que buscáis,


para pretendida, Thais,


y en la posesión, Lucrecia.


 


¿Qué humor puede ser más raro


que el que, falto de consejo,


él mismo empaña el espejo,


y siente que no esté claro?


 


Con el favor y desdén


tenéis condición igual,


quejándoos, si os tratan mal,


burlándoos, si os quieren bien.


 


Siempre tan necios andáis


que, con desigual nivel,


a una culpáis por crüel


y a otra por fácil culpáis.


 


¿Pues cómo ha de estar templada


la que vuestro amor pretende,


si la que es ingrata, ofende,


y la que es fácil, enfada?


 


Mas, entre el enfado y pena


que vuestro gusto refiere,


bien haya la que no os quiere


 


 

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