
Sergio González Levet
La poesía de Manuel Antonio Santiago es uno de los secretos mejor guardados de la literatura veracruzana, y mexicana.
Y es que por una decisión personal, este gran poeta nacido en los años 50 del siglo pasado ha publicado muy poco de su obra en algunas revistas, suplementos y antologías, y hasta la fecha no hay un libro suyo impreso, aunque sí tiene varios -y muy buenos- escritos, a la espera de que sean conocidos por el gran público y reconocidos por la crítica profesional.
Raro un poeta tan inédito con tantos galardones logrados en su carrera. Veamos un repaso nomás:
- Premio Nacional de Periodismo Literario “Belisario Domínguez” 1988, en el género Poesía. Convocado por el Gobierno del Estado de Chiapas, en Comitán de Domínguez, Chiapas. (Jurado: Enriqueta Ochoa, Alejandro Aura y Efraín Bartolomé).
- Primer Lugar del Premio Nacional de Poesía Joven de México “Elías Nandino” 1986. Convocado por la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes y el Departamento de Bellas Artes del Gobierno del Estado de Jalisco, en Guadalajara. (Jurado: Isabel Quiñónez, Ricardo Yáñez y Arturo Trejo Villafuerte).
- Ganador de la Beca de Literatura 1986-1987, en el género Poesía, convocada por la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, en México, Distrito Federal. (Jurado: Alejandro Rossi y Hugo Hiriart).
Nomás con eso, otros poetas se hubieran metido en las editoriales y conseguido que sus obras salieran a la luz pública. Pero este poeta (el mejor que ha dado Misantla, a decir del prestigiado vate Ricardo Yáñez) decidió que él y su obra permanecieran en la sombra.
No obstante, como es paisano, tuvo la generosidad de compartirme una parte somera de su obra, que pongo a su consideración hoy en lo que queda de espacio, y mañana con menos frugalidad.
Hotel
El polvo en la ventana.
Los claveles marchitos.
La cama revuelta.
La botella vacía.
Los papeles en desorden.
Una sombra debajo de la lámpara
y un hombre que sin saber por qué
todavía la ama.
XII
Mientras nos amamos
Miraron el resplandor, tembloroso y voraz, entre las colinas. Lejana, la ciudad ardía. Junto a sus cabellos domados por el viento, antes de partir habló: Mientras nos amamos, tú y yo fuimos el centro de aquella llamarada. Hoy somos sus cenizas.
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